Breve historia del afeitado: las formas de afeitarse a lo largo de la historia

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De los dientes de tiburón a la cuchilla Gillette: cómo nos hemos afeitado a lo largo de la historia

Afeitarse hoy en día es un proceso sencillo, pero no siempre ha sido así. La crema de afeitado que compras en el supermercado no tiene nada que ver al mejunje creado a partir arsénico, almidón o cal viva de los antiguos egipcios. Este es un breve repaso de la historia del afeitado masculino.

Por Javier Fernández  |  18 Febrero 2019

James Harden, jugador de Houston Rockets, posee una de las barbas más famosas de todo el mundo. El MVP de la temporada 2017-18, dio una entrevista para el canal oficial de la competición en la que se le preguntó si recordaba la última vez que se afeitó: "No, no lo recuerdo. Ha pasado mucho tiempo, la última vez que me vi la barbilla fue en el instituto".

Imaginemos ahora que tenemos que sustituir el proceso de afeitado que tenemos hoy en día por el que había en la Antigüedad. Es bastante probable que aparecieran muchas barbas como las de Harden, porque ¿quién utilizaría arsénico como crema de afeitado y una piedra pómez para rasurar la barba? Afortunadamente, hoy contamos con maquinillas y cuchillas de hasta 5 hojas, aunque, no siempre ha sido así, naturalmente. Este es un breve vistazo a la historia del afeitado masculino.

Prehistórico rasurado

A veces habría que dar las gracias todos los días por los avances tecnológicos que ha tenido la humanidad. Y respecto al afeitado, habría que realizar tributos en honor a las personas que desarrollaron formas de afeitado cómodas y sencillas. Cómo habrían agradecido los hombres de la edad de piedra una maquinilla, en lugar de los dientes de tiburón que utilizaban para rasurarse la barba, y de las conchas empleadas como pinzas para quitarse los pelos de la misma.

Posteriormente, desarrollaron otros instrumentos para el afeitado, como los cuchillos de sílex o las láminas de obsidiana. Estos fueron los elementos precursores de las cuchillas de afeitar que se perfeccionaron después en civilizaciones como la egipcia y la romana.

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La higiene en el Antiguo Egipto era un elemento primordial. De hecho, el historiador griego Heródoto afirmó que sus habitantes anteponían la limpieza de su cuerpo a la apariencia, y el motivo era más que razonable: el calor allí hacía imposible llevar el vello largo, tanto en la cabeza como en el resto del cuerpo. Por ello, los hombres, las mujeres y los niños egipcios tenían unos hábitos higiénicos mucho más cuidados que los habitantes de otras civilizaciones de la época, como los bárbaros.

En el Antiguo Egipto, la higiene era importantísima: mucha gente se afeitaba el cuerpo para combatir el calor y los piojos.
En el Antiguo Egipto, la higiene era importantísima: mucha gente se afeitaba el cuerpo para combatir el calor y los piojos. 123rf

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Además, de esta manera conseguían evitar las enfermedades derivadas de la suciedad corporal acumulada. Se trata, probablemente, del primer 'win-win' antipiojos.

No obstante, la barba era considerada como un elemento de masculinidad y de solemnidad. Por ello, era muy típico que algunos sacerdotes utilizasen barbas postizas para las ceremonias religiosas. De hecho, hubo faraones y faraonas que también las emplearon en determinados actos oficiales.

En cualquier caso, para llevar a cabo su afeitado, los antiguos egipcios no usaban dientes de tiburón, sino piedras pómez y, posteriormente, las cuchillas estándar o rotatorias de materiales como oro o cobre. Como crema de afeitado se utilizaban mejunjes creados a partir de arsénico, almidón o cal viva, azúcar o cera de abejas.

Algunos de estos instrumentos se han encontrado en numerosas tumbas, colocados allí por los vivos para que los muertos acudieran bien aseados al Juicio de Osiris. La primera impresión siempre es muy importante.

Roma y Grecia amenazan las barbas

Muchos siglos más tarde, concretamente en el VI a.C., el rey romano Lucius Tarquinius Priscus comenzó a utilizar cuchillas de afeitado, pero tuvieron que pasar 100 años para que su uso se hiciera común entre el pueblo.

En Grecia, pocos siglos después, Alejandro Magno aconsejó a sus hombres sobre los beneficios de ir afeitado a la batalla, pues así los enemigos no podrían agarrarles de las barbas durante la lucha. En este caso, en un principio se utilizaba la novacila, una herramienta de hierro de un solo filo, pero después se empleó el modelo de la cuchilla egipcia, el cual fue mejorando progresivamente.

Alejandro Magno convenció a sus soldados de afeitarse las barbas para que así el enemigo no pudiera agarrarlas durante el combate cuerpo a cuerpo.
Alejandro Magno convenció a sus soldados de afeitarse las barbas para que así el enemigo no pudiera agarrarlas durante el combate cuerpo a cuerpo. 123rf

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El mantenimiento de estos instrumentos de afeitado era muy distinto al que requieren hoy día las maquinillas o las cuchillas con hojas desechables. Los romanos, por ejemplo, empleaban una crema hecha a partir de la mezcla de tela de araña y vinagre como tratamiento para la conservación de sus cuchillas.

No obstante, no todo el mundo podía adquirir este tipo de objetos. Mucha gente, perteneciente sobre todo las clases más bajas, continuaba usando piedras pómez para rasurarse el vello, a diferencia de las personas más pudientes, que acudían a las barberías. Aquellos lugares funcionaban como centros de reunión e intercambio de información.

Parece ser que también había individuos que utilizaban un método mucho más lento y rudimentario: se dice que Julio César se quitaba los pelos de la barba con pinzas. Tendría tiempo libre.

Con la Iglesia hemos topado

Tras la caída del Imperio Romano llegó la Edad Media. Durante esa época, los avances en cuanto a instrumentos de afeitado fueron pocos, pero las consideraciones sobre lucir barba o no estuvieron muy presentes.

En 1054 se produjo el Cisma de Oriente por el cual el cristianismo se dividió en dos vertientes: la católica y la ortodoxa. La iglesia católica, tras este acontecimiento, convenció a su clero de que debía afeitarse las barba para distinguirse así de los judíos, los musulmanes y los cristianos ortodoxos, entre los cuales eran muy comunes.

Siguiendo esta línea, el Arzobispo de Rouen aprobó en 1096 una ley canónica mediante la cual se prohibían las barbas. No obstante, los soldados católicos de las cruzadas podían elegir rasurarse o no el vello facial, ya que combinaba muy bien con el yelmo. A la guerra, sí, pero guapete.

Seguridad ante todo

A partir del siglo XVII se empezaron a realizar avances muy notables en el modo de afeitado. Se experimentaron diversas formas para afeitarse la barba, algunas muy peligrosas.

En ese mismo siglo, había quien utilizaba una mezcla de hiedra, resina, huevos de hormiga, sangre de rana y sanguijuelas quemadas para hacer crema de afeitado. El objetivo era encontrar la manera más eficiente y sencilla para afeitarse. Hasta que se lograra, las barberías continuarían siendo muy importantes en la sociedad de aquel periodo.

De hecho, la destreza del barbero era comparable a la de los cirujanos, ya que la hoja empleada para el afeitado estaba muy afilada y la posibilidad de efectuar un grave corte en alguna zona del cuello existía siempre.

Para evitar desgracias, en el siglo XVIII, algunos individuos buscaron maneras más eficientes y seguras para afeitarse. Con esa idea, y la mejor intención posible, los profesores John Daniel y Dr William L. Dudley desarrollaron en 1860 un método de afeitado basado en la aplicación de rayos X sobre el vello que el usuario quisiera eliminar. Este proceso se hizo muy popular, pero la radiación tuvo consecuencias terribles. Se prohibió definitivamente en 1970.

A finales del siglo XIX, Jean-Jacques Perret desarrolló la primera 'safety razor' (cuchilla de afeitado segura). Dicho modelo era mucho más seguro y permitía a los usuarios afeitarse tranquilamente en su casa. No obstante, su procedimiento era complicado, y a pesar de que los hermanos Kampfe consiguieron mejorarlo, la sustitución continua de la cabeza de la cuchilla era un inconveniente.

El avance definitivo

Así que King C. Gillette llegó a la conclusión de que la solución a este problema era sustituir tan solo la cuchilla por otra. En 1903, este hombre de negocios creó, junto a su compañero William Nickerson, la primera cuchilla de afeitado segura de doble hoja sustituible. Tres años después, Gillette vendía una media de 300.000 cuchillas anuales.

King C. Gillete transformó la industria del afeitado cuando creó en 1903 la primera cuchilla de afeitar segura de doble hoja sustituible.
King C. Gillete transformó la industria del afeitado cuando creó en 1903 la primera cuchilla de afeitar segura de doble hoja sustituible. 123rf

Su éxito fue abrumador: el Ejército norteamericano le compró un enorme cargamento para incluir su producto en el neceser que llevarían los soldados a los frentes de la I Guerra Mundial. Las cuchillas Gillette dominaban el mercado. De hecho, fue esta compañía la que desarrolló la primera cuchilla de afeitado femenino en 1915, la Milady Decolleteé.

Sin embargo, los ingenieros continuaban buscando maneras más eficientes para afeitarse. Con este objetivo, Jacob Shcick patentó la máquina de afeitar en 1928. A pesar de un inicio complicado, para 1937 ya había vendido casi dos millones de maquinillas.

La electricidad parecía el verdadero avance del afeitado en aquella época. Tras el éxito de Schink, Alexandre Horowitz, de la compañía Philips, desarrolló la maquinilla con cabeza rotatoria y tiempo después, Roland Ullman, de Braun, diseñó un modelo que proporcionaba al usuario mucha más comodidad.

En 1960, cuando la mayoría de empresas estaban trabajando en maquinillas con baterías propias, Gillette inventó la cuchilla de hojas inoxidables. El golpe de efecto final lo dio la misma compañía en 1971, año en el que sacó al mercado la cuchilla Tras II de dos hojas desechables e inoxidables, elemento que ha influenciado a la industria del afeitado hasta nuestros días.

Menudo cambio: de los dientes de tiburón a las cuchillas de cinco hojas actuales, pasando por las maquinillas eléctricas. Es bueno comprobar, de vez en cuando, que no estamos tan mal, y que hay cosas en las que sí hemos mejorado respecto a épocas pasadas.

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